martes, 5 de mayo de 2015

Lo tuyo y lo mío

Cuando la señora llegó a la estación, le informaron que su tren se retrasaría aproximadamente una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera.

Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario. De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fijamente al joven.

Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente. El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que sólo quedaba una galleta, y pensó: “No podrá ser tan caradura”, mientras miraba alternativamente al joven y al paquete. Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le ofreció la mitad a su compañera de banco.

— ¡Gracias! —dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta.

—De nada —contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad.

Entonces el tren anunció su partida. La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Desde la ventanilla, vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: “¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!” De pronto sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas intacto.

Cuántas veces nuestros prejuicios y decisiones apresuradas nos hacen valorar erróneamente a los demás y cometer graves equivocaciones. Cuántas veces la desconfianza, ya instalada en nosotros, hace que juguemos arbitrariamente a las personas y las situaciones, encasillándolas en ideas preconcebidas alejadas de la realidad.  Por lo general nos inquietamos por eventos que no son reales y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca van a ocurrir.

Dice un viejo proverbio: “Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente; pero siendo justo, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad, se consigue más de lo que se espera”.

Las Tres Rejas

El joven discípulo de un filósofo sabio llegó a casa de este y le dijo:

—Maestro, un amigo suyo estuvo hablando de usted con malevolencia.

—¡Espera! —lo interrumpió el filósofo—. ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

—¿Las tres rejas?

—Sí. La primera es la reja de la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

—No; lo oí comentar a unos vecinos.

—Entonces al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Esto que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?

—No, en realidad no. Al contrario...

— ¡Vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

—A decir verdad, no.

—Entonces —dijo el sabio sonriendo—, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Cuántos malos ratos podríamos evitar si sometiéramos a esas tres rejas todo lo que decimos...

lunes, 4 de mayo de 2015

"Hagakure" y el camino del samurái


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Yamamoto Tsunetomo (1659-1719), tras haber servido durante muchos años como samurái , decidió contar todo aquello que aprendió a Tsuramoto Tashiro, uno de sus discípulos. El resultado de estas conversaciones fue el libro Hagakure (Oculto tras el follaje), que ha resistido el paso del tiempo y todavía hoy es un libro de actualidad.
Releyendo el texto, me di cuenta de que gran parte de las enseñanzas allí recogidas se pueden aplicar a nuestra vida diaria. Un samurái, como sabemos, era un guerrero con un código de conducta -conocido como bushido- basado en tres puntos importantes:
A. Disciplina. B. Ética. C. Coraje. Estos elementos debían estar presentes en cada una de las decisiones que tomamos. Así, al buscar un sentido a nuestra peregrinación sobre la faz de la Tierra, comprenderíamos que:
A. Solo es posible alcanzar un sueño cuando se tiene la voluntad necesaria para ello. No bastan el entusiasmo, la pasión y el deseo; hacen falta también fuerza y concentración.
B. Cuando vamos a la búsqueda de algo que de verdad tenga algún significado en nuestra existencia, no hay por qué herir o pisotear a los demás. Al contrario, cuanto más respetamos el camino ajeno, más aliados encontramos en el nuestro y más respeto recibimos a cambio.
C. Además de la disciplina y la ética, hay que entender que, a pesar del miedo, debemos seguir adelante. 'Coraje' no significa ausencia de valores, sino la capacidad de no dejarse paralizar por estos. Como ya dije en otras columnas, todos tenemos que morir un día.
Al tomar conciencia de ello, deberíamos entregarnos con mucha más alegría a la vida, haciendo esas cosas que siempre postergamos, respetando los preciosos minutos que pasan y no volverán jamás, desvelando y descubriendo horizontes que pueden ser interesantes o decepcionantes, pero que merecen al menos un poco de esfuerzo por nuestra parte.
Es normal que intentemos evitar la muerte. No solo es normal, sino también la actitud más saludable que podemos tener. Sin embargo, es una aberración negarla, ya que ser consciente de ella nos da mucho más valor. Si yo hubiese de morir hoy, ¿qué es lo que me gustaría hacer que nunca haya hecho? Este es mi pensamiento todas las mañanas. Aprendí, en el Camino de Santiago, que el 'ángel de la muerte' es mi mejor consejero. Yamamoto Tsunetomo dice en un momento dado a su discípulo: «Todos queremos vivir, y eso es absolutamente natural. No obstante, desde niños debemos también aprender a escoger nuestra mejor manera de morir. Si no lo hacemos, terminamos malgastando nuestros días como un perro que no busca más que cobijo y comida, entregando a cambio una lealtad ciega a su dueño que pueda justificar el techo y la comida. Eso no basta para hacer que nuestra vida tenga sentido».
De nada sirve intentar crear un mundo aparentemente seguro, y nada mejor para explicar esto que una pequeña historia de John O'Hara:
Un hombre va al mercado a comprar fruta cuando ve a su Muerte caminando entre la gente. Desesperado, vuelve corriendo a casa y le ruega a su amo que lo dispense ese día, ya que ha visto de cerca a su Muerte.
El amo deja que vuelva a su aldea, pero empieza a pensar que todo eso tal vez sea mentira. Decide ir al mercado y realmente ve a la Muerte de su siervo sentada en un banco. Le pregunta: -¿Qué estás haciendo aquí? ¡Mi siervo se ha asustado al verte, y por eso he tenido que dispensarlo hoy del trabajo! -Yo también me he sorprendido al verlo aquí -responde la Muerte-. Tengo una cita con él a las cinco de esta tarde en su aldea y, por lo visto, se me va a escapar.
El amo piensa en volver corriendo a casa y llamar a su siervo, pero es demasiado tarde. El destino se cumplirá exactamente como estaba escrito, sobre todo porque el hombre tuvo miedo de la Muerte e intentó huir de ella.

Un año espectacular termina, uno mucho mejor empieza

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jueves, 30 de abril de 2015

El Regalo de los Insultos

Cerca de Tokio vivía un gran samurai, ya anciano, que se dedicaba a enseñar el budismo zen a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que era capaz de vencer a cualquier adversario.

Cierto día un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos pasó por la casa del viejo. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que el adversario hiciera su primer movimiento y, gracias a su inteligencia privilegiada para captar los errores, contraatacaba con velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una batalla. Conociendo la reputación del viejo samurai, estaba allí para derrotarlo y aumentar aún más su fama.

Los estudiantes de zen que se encontraban presentes se manifestaron contra la idea, pero el anciano aceptó el desafío. Entonces fueron todos a la plaza de la ciudad, donde el joven empezó a provocar al viejo. Arrojó algunas piedras en su dirección, lo escupió en la cara y le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus ancestros. Durante varias horas hizo todo lo posible para sacarlo de casillas, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, ya exhausto y humillado, el joven
guerrero se retiró de la plaza.

Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:

—¿Cómo ha podido soportar tanta indignidad?
¿Por qué no usó su espada, aun sabiendo
que podría perder la lucha, en vez de mostrarse
como un cobarde ante todos nosotros?

El viejo samuray repuso:

—Si alguien se acerca a ti con un regalo y no
lo aceptas, ¿a quién le pertenece el regalo?

—Por supuesto, a quien intentó entregarlo —respondió uno de los discípulos.

—Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos —añadió el maestro—.

Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo. Nadie nos agrede o nos hace sentir mal: somos los que decidimos cómo sentirnos. No culpemos a nadie por nuestros sentimientos: somos los únicos responsables de ellos. Eso es lo que se llama asertividad.

Paulo Coelho

miércoles, 29 de abril de 2015

Problema

Un gran maestro y un guardián compartían la administración de un monasterio zen. Cierto día el guardián murió, y había que sustituirlo. El gran maestro reunió a todos sus discípulos para escoger a quien tendría ese honor. “Voy a presentarles un problema —dijo—. Aquel que lo resuelva primero será el nuevo guardián del templo”.

Trajo al centro de la sala un banco, puso sobre este un enorme y hermoso florero de porcelana con una hermosa rosa roja y señaló: “Este es el problema”. Los discípulos contemplaban perplejos lo que veían: los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y elegancia de la flor...

¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál era el enigma? Todos estaban paralizados. Después de algunos minutos, un alumno se levantó, miró al maestro y a los demás discípulos, caminó hacia el florero con determinación y lo tiró al suelo.

“Usted es el nuevo guardián —le dijo el gran maestro, y explicó—: Yo fui muy claro, les dije que estaban delante de un problema. No importa qué tan bellos y fascinantes sean, los problemas tienen que ser resueltos. Puede tratarse de un florero de porcelana muy raro, un bello amor que ya no tiene sentido, un camino que debemos abandonar pero que insistimos en recorrer porque nos trae comodidades. Sólo existe una forma de lidiar con los problemas: atacarlos de frente. En esos momentos no podemos tener piedad, ni dejarnos tentar por el lado fascinante que cualquier conflicto lleva consigo”.

Los problemas tienen un raro efecto sobre la mayoría de nosotros: nos gusta contemplarlos, analizarlos, darles vuelta, comentarlos... Sucede con frecuencia que comparamos nuestros
problemas con los de los demás y decimos: “Su problema no es nada... ¡espere a que le cuente el
mío!”

Se ha dado en llamar “parálisis por análisis” a este proceso de contemplación e inacción. ¿Y la solución?

El Mago


Por qué los magos son adultos?

Desde que recuerdo, hasta conocer a Harry Potter no había conocido ningún mago que no fuera un adulto.

Desde la memoria de Harry Houdini hasta David Copperfiel, desde Mandrake hasta David Blaine, desde Merlín hasta Criss Angel todos los magos son adultos.

¿Nunca se han preguntado por qué?

Yo si. Para hacerlo lo primero es que por supuesto tengo que creer en la magia, que la magia existe y que de alguna forma todos podemos llegar a aprender y ejercer nuestra propia magia en los espacios donde nos desempeñamos.

Mientras me hacia el cuestionamiento me preguntaba al mismo tiempo, que hace que el mago sea mago y que de eso tiene que ver con ser adulto. La respuesta que encontré para mi fue; tiempo, el mago necesita tiempo.

Eso me llevó primero a recordar al aprendiz de brujo de la Película Fantasía encarnado por Mickey Mouse quien poseía de magia pero por no saber usarla causo un desastre inundando la casa de su maestro. De la misma forma recordé, que el mismísimo Harry Potter necesitó años en la academia hasta poder ser llamado con el título de Mago.

Es decir, el mago necesita tiempo. Ahora la pregunta sería tiempo para qué; mis respuestas fueron:

1.   Tiempo para descubrir cuál es su magia y hasta dónde llega su poder.

2.  Tiempo para aprender cómo canalizarla y usarla para construir bienestar a su alrededor.

Porque el truco no esta en desaparecer nada, sino en devolver lo desaparecido con un valor agregado muy particular.

Entonces eso me llevó a la última pregunta; ¿Qué perfiles o competencias tiene todo aquel que se puede llamar Mago?

En un mundo donde cada vez los magos son más jóvenes, lo que se necesita es el tiempo para desarrollar las competencias necesarias para que la magia humana sea de excelencia, a la vez que sustentable lo que sin duda, es lo más importante.

En este caso esto es a lo que llegué. Un mago requiere ser:

1. Apasionado por aquello que va a crear y por los infinitos detalles que lo conforman.

2.Con su carisma y liderazgo es deseoso de crear alegrías que es el alimento primario de la magia.

3. Persistente hasta el punto de repetir miles de veces el conjuro hasta que salga exactamente el resultado deseado.

4. Humilde para aprender, sabiendo ademas que su magia no le pertenece, sino que es un vehículo para crear felicidad productiva.

5. Demostrar con su ejemplo y los hechos su magia, sus resultados y que es capaz de usarla consigo mismo antes que intentar aplicarla o replicarla sobre otros.

Solo un adulto no importa la edad que tenga, tendrá la madurez suficiente para encontrar la fuerza  para seguir adelante hasta ser mas poderoso que su propia magia de tal forma de usarla para construir. Ese es el verdadero desafío.

Al final como dice muy bien David Blaine: "Magia es práctica, entrenamiento y experimentar el dolor empujando hasta el límite, para llegar a ser lo mejor que puedo llegar a ser"


Maickel Melamed

"Si lo sueñas, HAZ QUE PASE"