jueves, 15 de mayo de 2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

lunes, 12 de mayo de 2014

Las 9 Vacas

Dos amigos marineros viajan en un buque carguero por todo el mundo. Esperan la llegada a cada puerto para bajar a tierra y beber, comer y encontrarse con mujeres. Un día llegan a una isla perdida en el Pacífico, desembarcan y se van al pueblo para aprovechar las pocas horas que iban a permanecer en tierra. En el camino se cruzan con una mujer que está arrodillada en un pequeño arroyo lavando ropa. Uno de ellos se detiene y le dice al otro que lo espere, que quiere conocer a esa mujer. El amigo, al verle y notar que esa mujer no es nada del otro mundo, le dice que para qué, si en el pueblo seguramente van a encontrar chicas más hermosas, más dispuestas y divertidas.
Sin embargo, el primero se acerca a la mujer y comienza a hablarle y preguntarle sobre su vida y sus costumbres: cómo se llama, qué es lo que hace, cuántos años tiene, si puede acompañarlo a caminar por la isla. La mujer escucha cada pregunta sin responder ni dejar de lavar la ropa, hasta que finalmente le dice al marinero que las costumbres del lugar le impiden hablar con un hombre, salvo que éste manifieste la intención de casarse con ella, y en ese caso debe hablar primero con su padre, que es el patriarca del pueblo. El hombre la mira y le dice: “Está bien, llévame ante tu padre. Quiero casarme contigo”.
El amigo no lo puede creer. Piensa que es una broma o un ardid para conseguir los favores de esa mujer y le dice: “¿Para qué tanto lío? Habrá un montón de mujeres más hermosas en el pueblo”. El hombre le responde: “No es una broma. Me quiero casar con ella. Quiero ver a su padre para pedir su mano”: Su amigo, más sorprendido aún, insiste: “Tú estás loco. ¿Qué le viste?, ¿seguro que no tomaste nada?” Pero el hombre, como si no escuchase a su amigo, sigue a la mujer hasta el encuentro con el patriarca de la aldea. Cuando lo encuentra, le explica que han llegado hacía muy poco a esa isla y que le viene a manifestar su interés de casarse con una de sus hijas. 
El jefe de la tribu lo escucha y le dice que en esa aldea la costumbre es pagar una dote por la mujer que se elige para casarse. Le explica que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las bondades de cada una de ellas. Por las más hermosas y más jóvenes se debe pagar nueve vacas. Las hay no tan hermosas y jóvenes, pero excelentes cuidando niños, que cuestan ocho vacas, y así disminuye el valor de la dote el tener menos virtudes.

El marino le explica que entre las mujeres de la tribu ha elegido a una que vio lavando ropa en un arroyo, y el jefe le dice que esa mujer, por no ser tan agraciada, le podría costar solamente tres vacas. “Está bien, respondió el hombre, me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas”. El padre de la mujer, al escuchar aquello le dice: “Usted no entiende. La mujer que eligió cuesta tres vacas. Mis otras hijas, más jóvenes, cuestan nueve vacas”. “Entiendo muy bien, responde nuevamente el hombre. Me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas”.
Ante la insistencia del hombre, el padre, pensando que siempre aparece un loco, acepta y de inmediato comienzan los preparativos para la boda. El marino amigo no lo puede creer. Piensa que el hombre ha enloquecido de repente, que ha enfermado, que se ha contagiado de una rara fiebre tropical. No acepta que una amistad de tantos años se termine en unas pocas horas. Finalmente la ceremonia se realiza, el hombre se casa con la mujer nativa, su amigo es testigo de la boda y a la mañana siguiente parte en el barco, dejando en esa isla a su amigo de toda la vida.
El tiempo pasa, el marinero sigue recorriendo mares y puertos a bordo de los barcos cargueros más diversos y siempre recuerda a su amigo y se pregunta: “¿Qué estará haciendo?, ¿cómo será su vida?, ¿vivirá aún?, ¿seguirá casado con aquella mujer?”. Un día el itinerario de un viaje lo lleva al mismo puerto donde años atrás se había despedido de su amigo. Está ansioso por saber de él, por verlo, abrazarlo, conversar y saber de su vida. Así es que, en cuanto el barco amarra, salta al muelle y comienza a caminar apurado hacia el pueblo.
De camino al pueblo se cruza con un grupo de gente que venía caminando por la playa en un espectáculo magnífico. Entre todos llevan en alto y sentada en una silla a una mujer bellísima. Todos cantan hermosas canciones y obsequian flores a la mujer y ésta los retribuye con pétalos y guirnaldas. ‘El marinero se queda quieto, parado en el camino hasta que pierde al cortejo de vista. Luego, retoma su senda en busca de su amigo. Pregunta por él y, al poco tiempo lo encuentra. Se saludan y abrazan como lo hacen dos buenos amigos que no se ven durante mucho tiempo. El marinero no para de preguntar: “¿Cómo te fue?, ¿te acostumbraste a vivir aquí?, ¿te gusta esta vida, ¿no quieres volver?”. Finalmente se anima a preguntarle: “¿Cómo está tu esposa?”.
Al escuchar esa pregunta, su amigo le responde: “Muy bien, espléndida. Es más, creo que la viste llevada en andas por un grupo de gente en la playa que festejaba su cumpleaños”. El marinero, al escuchar aquello, recordando a la mujer insulsa que años atrás encontraron lavando ropa, preguntó: “Entonces, ¿te separaste?”. “No, es la misma mujer”. “No es cierto, no puede ser”, replica el amigo. “Sí, es la misma mujer que encontramos lavando la ropa años atrás”. “Pero ésta es muchísimo más hermosa, femenina y agradable, ¿cómo puede ser?”, dice el amigo.
“Muy sencillo, responde el marido. Me pidieron de dote tres vacas por ella y ella creía que valía tres vacas. Pero yo pagué por ella nueve vacas, la traté y consideré siempre como una mujer de nueve vacas. La amé como a una mujer de nueve vacas. Y ella se transformó en una mujer de nueve vacas”.

El Samurai y el Pescador

Durante la ocupación Satsuma de Okinawa, un Samurai que le había prestado dinero a un pescador, hizo un viaje para cobrarlo a la provincia Itoman, donde vivía el pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de esconderse, ya que el Guerrero era famoso por su mal genio. 

El Samurai fue a su hogar y al no encontrarlo ahí, lo buscó por todo el pueblo. A medida que se daba cuenta de que se estaba escondiendo se iba enfureciendo. Finalmente, al atardecer, lo encontró bajo un barranco que lo protegía de la vista. 

En su enojo, desenvainó su espada y le gritó: ¿"Qué tienes para decirme"?.

El pescador replicó, "Antes de que me mate, me gustaría decir algo.  Humildemente le pido esa posibilidad." 

El Samurai dijo, "Ingrato! Te presto dinero cuando lo necesitas y te doy un año para pagarme y me retribuyes de esta manera. Habla antes de que cambie de parecer."

"Lo siento", dijo el pescador. " Lo que quería decir era esto: Acabo de comenzar el aprendizaje del arte de la mano vacía y la primera cosa que he aprendido es el precepto: Si alzas tu mano, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza, restringe tu mano." 

El Samurai quedó anonadado al escuchar esto de los labios de un simple pescador. Envainó su espada y dijo: "Bueno, tienes razón. Pero acuérdate de esto, volveré en un año a partir de hoy, y será mejor que tengas el dinero." Y se fue.

Había anochecido cuando el Samurai llegó a su casa y, como era costumbre, estaba a punto de anunciar su regreso, cuando se vio sorprendido por un haz de luz que provenía de su habitación, a través de la puerta entreabierta. 

Agudizó su vista y pudo ver a su esposa tendida durmiendo y el contorno impreciso de alguien que dormía a su lado. Muy sorprendido y explotando de ira se dio cuenta de que era un samurai

Sacó su espada y sigilosamente se acercó a la puerta de la habitación. Levantó su espada preparándose para atacar a través de la puerta, cuando se acordó de las palabras del pescador: "Si tu mano se alza, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza restringe tu mano."

Volvió a la entrada y dijo en voz alta. "He vuelto". Su esposa se levantó, abriendo la puerta salió junto con la madre del Samurai para saludarlo. La madre vestida con ropas de él. Se había puesto ropas de Samurai para ahuyentar intrusos durante su ausencia.

El año pasó rápidamente y el día del cobro llegó. El Samurai hizo nuevamente el largo viaje. El pescador lo estaba esperando. Apenas vio al Samurai, este salió corriendo y le dijo: "He tenido un buen año. Aquí está lo que le debo y además los intereses. No sé cómo darle las gracias!"

El Samurai puso su mano sobre el hombro del pescador y dijo: "Quédate con tu dinero. No me debes nada. Soy yo el endeudado."

jueves, 3 de abril de 2014

KERRI STRUG, Sufrir o Perder

23 de Julio de 1996. Juegos Olímpicos de Atlanta, en Estados Unidos. Final de gimnasia deportiva por equipos, categoría femenina, en el Georgia Dome. El espléndido equipo local -conocido como "las siete magníficas"- se encuentra a un salto de potro, el último de la competición, para lograr la medalla de Oro ante el siempre potente equipo ruso.

Pero Kerry Strug, la protagonista de ese último salto, se tritura literalmente los ligamentos del tobillo izquierdo en su primer intento. Una lesión apreciable en su cojera al salir de la tarima. Rota por el dolor, dispone de 30 segundos para retirarse o repetir. "¡Puedes hacerlo!", le anima su entrenador, el prestigioso Bela Karolyi, padre adoptivo de la mítica Comanechi. Strug toma carrerilla, salta, vuela y clava una caída, terrorífica para su pie y fabulosa para su país. 9,72 puntos de premio, que suponen el Oro para el equipo de Estados Unidos. Todo, gracias al sacrificio de una heroína de 18 años, que levanta a un recinto de 32.000 espectadores cuando recibe su medalla. Era un todo o nada. Perder o ganar sufriendo.

Cómete la Fresa

Un monje caminaba a través de la selva  y súbitamente, ante él, apareció un feroz tigre que rugía y le cerraba el paso. Corrió todo lo que pudo, pero llegó al borde de un acantilado. Mientras decidía qué iba a hacer, el monje volvió la mirada a la ladera que tenía a su lado.

Sus ojos se fijaron en una pequeña planta que había conseguido arraigar en una grieta. A su espalda, la pendiente se convertía en un abismo inmenso. Desesperado por salvarse, bajó por la planta y quedó colgando sobre el fatal precipicio. 

Mientras estaba allí colgado, dos ratones aparecieron por un agujero del acantilado y empezaron a roer el tallo. De pronto, el monje vio que de la planta colgaba una perfecta fresa salvaje, roja y madura, que resplandecía con el rocío. El monje extendió la mano, arrancó la diminuta fruta, la saboreó con la lengua y cerró los ojos extasiado.

¡Era la más deliciosa que había probado en su vida!




Maestro: Saborea cada momento. Trata de encontrar un toque de felicidad en los acontecimientos cotidianos y trata de prestar atención a las fresas salvajes, sin importar la forma en que se presenten.